miércoles, 23 de septiembre de 2009

«Heinekirchner» (23.9.09/7)

Heinrich Heinekirchner (1864-1950) fue un inmigrante de origen holandés que llegó a la Argentina a los 19 años, cargado de ilusiones y de ansias de «hacer la América». Durante 1883 y 1884 vivió prácticamente en la calle, mendigando y haciendo trabajos eventuales en el puerto de Buenos Aires. Amargamente convencido de que el futuro —al menos el suyo— estaba en otra parte, comenzó a caminar hacia el sur, sin rumbo fijo, aunque con la idea fija de buscar su Norte en la inmensidad patagónica.

Después de casi año y medio de recorrer caminos y rutas, es encontrado en una cuneta de un barrio obrero en las afueras de la ciudad santacruceña de Río Gallegos. Desconocía dónde se encontraba, ya que había perdido el conocimiento debido a su extenuante periplo, siendo salvado por un vecino en estado de ebriedad que casualmente se había caído en la misma cuneta, pero afortunadamente sin perder el conocimiento.

En señal de agradecimiento, el joven holandés prometió públicamente —por los hijos que no tenía, aunque con lágrimas en los ojos— que haría progresar a aquella pequeña y remota ciudad de los confines de Argentina. A comienzos de 1887, haciendo honor a sus palabras y pocos meses después de su llegada a la Patagonia, abrió un bar (casualmente o no, a metros de la cuneta en la que había sido encontrado) con la particularidad de que Heinrich —cuya familia fabricaba cerveza en forma artesanal para consumo familiar— comienza a experimentar con lúpulos locales, aplicando el conocimiento heredado que traía consigo desde la lejana y añorada Holanda.

Pronto se percató de que su método de baja fermentación producía una cerveza clara y liviana, pero de agradable sabor, que tenía mucha aceptación en la zona. Así, la fama de su cerveza se expande al ritmo del aumento de su producción, fundando una pequeña cervecera en las afueras de Río Gallegos. Al fallecer Heinrich en 1950, su destilería ya ocupaba un lugar de relevancia, solo por detrás de la marca líder en Argentina. Rumores nunca confirmados aluden a que era la cerveza que tomaba Juan Domingo Perón en sus momentos de solitaria meditación, aunque nunca se dejaba ver en público bebiéndola porque temía que lo acusaran de antipatriota por no beber la cerveza nacional por antonomasia. Otro rumor, éste confirmado, afirma que Heinrich dejó una nota en la que pedía expresamente que se enviara al domicilio de su salvador, en forma semanal y gratuita, un cajón de Heinekirchner.

Luego de más de un siglo de crecimiento exponencial, Heinekirchner se convierte —el 25 de mayo de 2003— en la cerveza más consumida por los argentinos, según sondeos de la Cámara de la Industria Cervecera Argentina, aunque al respecto existe un encendido debate sobre dicho liderazgo, ya que estudios similares dan la primacía a una marca de cerveza riojana, con el 24,3% del mercado, contra el 22% atribuido a Heinekirchner.

Desde aquella fecha, Heinekirchner logra un progresivo aumento de cuota de mercado, logrando en cuestión de meses un control casi absoluto del mercado cervecero argentino, absorbiendo a empresas de la competencia de diversas zonas del país. Una vez monopolizado el mercado, es de público conocimiento que la calidad del lúpulo y la malta utilizadas bajan considerablemente, por lo cual muchos argentinos buscan alternativas más o menos amargas para contrarrestar lo que muchos consideran un atropello a los derechos fundamentales del bebedor.

Haciendo uso de sus reflejos y su poder, el Departamento de Marketing de Heinekirchner lanza en octubre de 2007 una cerveza sin alcohol, dirigida a un nuevo segmento de mercado, para intentar contrarrestar el aluvión de críticas y denuncias recibidas por la disminución de la calidad de sus productos unida a la posición dominante que ostenta en el mercado local. Transcurridos casi dos años desde su puesta a la venta, Heinekirchner sin alcohol no sólo no logra reflotar el prestigio de antaño, sino que hunde aún más el nombre y la reputación del viejo Heinrich, aquel visionario holandés que había llegado, moribundo, a la patagónica Río Gallegos a finales del siglo XIX.

Finalmente, en junio de 2009, se lanza al mercado una tan publicitada como criticada «Edición testimonial limitada» (con lanzamiento previsto originalmente para octubre de ese año, finalmente anticipado por la inédita crisis financiera que sufre Heinekirchner), como último intento para reflotar la caída en picada de la demanda. La estrategia resulta una de las peores campañas de márketing de la historia argentina contemporánea, ya que se comprueba que la marca —para recuperar consumidores— recurre a la adulteración de los ingredientes y la calidad de sus cervezas, ya muy mermadas respecto a las elaboradas artesanalmente por el inefable Heinrich.

Sin embargo, y a pesar de todo, aún somos muchos los argentinos que preferimos su amarga pero suave textura, unida a su espumosa ligereza. «No hay que confundir amargor con amargura» reza la última publicidad de la marca, a lo que —con mucha sorna— su principal competidor ha respondido con afiches en la vía pública que, literalmente, han empapelado Buenos Aires y rezan: «No hay que confundir lúpulo con escrúpulo».  

2 comentarios:

Daniel Rico dijo...

Muy bueno che.

Me gusto mucho tu manejo de la parodia que nunca cae en el guiño facil, ni aun al final.

Yo, personalmente prefiero toda la vida la cerveza Santacruceña antes que los vinos que ultimamente vienen de Mendoza, los ya famosos COBOSOL y que empezaron a llegar como muestra gratis, acompañando la cerveza. Me parese que cortarse solos implico cierta deslealtad comercial. Bueno, mi juicio sobre el producto mendocino es NO POSITIVO.

Un gusto leerte, saludos.

Julián Chappa dijo...

Daniel:

Ante todo, gracias por tu opinión, que me alegra mucho por cierto. Espero que puedas ver alguna otra "reflexión gráfica" del blog y también dejes tu comentario, que no tiene porqué ser positivo, sino que todos estamos por acá en la vida para aprender hasta que dejamos de aprender simplemente porque también dejamos de existir. Saludos,